El bosque caducifolio
El hombre de la planificada, programada y limitada vida de la era tecnológica añora y necesita cada vez más lo que podríamos llamar sus biotopos ancestrales. Porque el paisaje tosco y monográfico de las ciudades, las confortables cárceles de asfalto, hierro, cemento y cristal, no se parece en nada a los amplios y salvajes horizontes donde evolucionó y prosperó-quién sabe si excesivamente- nuestra especie.
Como antítesis de la urbe monstruosa, como antídoto del ruido ensordecedor, como contrapunto a la atmósfera contaminada, el hombre procura huir a la naturaleza, pero sublima y quitaesencia toda la naturaleza en el bosque de hoja caediza. Pocos medios naturales habrán estimulado tanto el genio poético de la humanidad como los misteriosos y profundos bosques que cubren todavía en parte algunos de los países más civilizados. Indentificamos la primavera con el nacimiento de las hojas nuevas, unimos el verano al recuerdo de la sombra fresca de los olmos o los chopos, poetizamos el otoño con la policroma paleta del bosque vestido con sus galas doradas, ocres y bermejas. Y el invierno, el gélido invierno y sobrecogedor, está magníficamente representado por el árbol desnudo, azotado por el cierzo o envuelto en la niebla. La leña que crepita en las chimenneas de nuestros refugios invernales , recuerdo de aquella llama ancestral que iluminó el rostro de nuestros antepasados cuaternarios, sigue uniéndonos con irrompibles lazos al bosque de las hadas, de los gnomos, de los lobos y de los osos: al bosque de la libertad perdida.

La distribución de la masa forestal no quedan ya más que jirones, islas e islotes. La influencia del hombre en el bosque caducifolio ha sido tan tremenda como nefasta. En épocas todavía históricas el bosque cubría la mayor parte de Europa. Sus gigantescas hayas y robles daban cobijo a una fauna maravillosa que ha desaparecido con el medio que la soportaba. Vivían los bisontes, los uros, los ciervos, los jabalíes y los osos. En la selva impenetrable imperaban los bárbaros, los pueblos que para el culto romano no habían alcanzado los refinamientos de la civilización y resultaban, por tanto, indignos de toda consideranción.
Víctima seguramente,del choque entre dos culturas irreversibles y antagonistas, la paleolítica que se adapta al medio y la neolítica que lo modifica, el bosque se vio convertido en un enemigo del nuevo dominador del planeta. Y como por desgracia es más fácil destruir que comprender, el hombre del hacha y el arado, que hubiese podido servirse de los árboles de una manera racional, se limitó a hacerlos desaparecer.
La destrucción del tapiz forestal era en la Edad Media la gran obsesión de la época pues el bosque se identificaba con la barbarie que convenía hacer retroceder en beneficio de la civilización, representada por los cultivos y los biotopos humanizados.

Hoy el bosque ya no es la antítesis de la civilización, sino que para millones y millones de personas, se ha convertido en un antídoto

Enciclopedia Salvat de la Fauna






