Walt Withman, él mismo, los otros, todo un universo
Me veo en todos, ninguno es más que yo, ni es menos
un grano de cebada.
Sé que soy fuerte y sano,
Todo marcha hacia mí, constantemente,
Todo me escribe y debo descifrar lo que me dice.
Sé que soy inmortal.
Sé que soy venerable.
Y no fuerzo a mi espíritu a que explique o defienda
Pues las leyes más fijas nunca piden disculpas.
Existo como soy, con eso basta.
Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho.
Hay un mundo que tengo por el mayor de todos que
soy yo y que lo sabe.
Si llego a mi destino, ya sea hoy ya sea dentro de mi-
llones de años,
Puedo aceptarlo ahora o seguir aguardando, con igual
alegría.
Creo que podría retroceder y vivir con animales, son
tan agradables e independientes!
Me detengo y los observo largamente
No se atormentan ni se quejan de su situación,
No lloran sus pecados en la oscuridad de la noche,
No me molestan con discursos sobre los deberes para
con Dios,
Ninguno está descontento ni sufre la locura de tener mu-
chas cosas,
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante los antepasados
que vivieron hace miles de años,
No hay ni uno solo respetable o desdichado
en la faz de la tierra.
Muestran así su afinidad conmigo y como tal la acepto.
Me pregunto de dónde sacaron esos signos
¿Recorrí yo esa senda en épocas remotas y los dejé caer
con mi descuido?
Entonces avanzaba, como avanzo ahora y siempre,
Más rico y más veloz,
Infinito, siendo un poco de todos, uno más entre ellos,
Sin preocuparme mucho en escoger a quienes guarda-
rán mis recuerdos.
Sol ostentoso no necesito tu calor,
Iluminas superficies tan sólo, yo calo más adentro.
Oyeme: yo no hago discursos ni reparto limosnas,
Cuando doy me doy a mí mismo por entero
No acepto negativas, insisto, me sobran las riquezas,
Y ofrezco cuanto tengo. No pregunto quién eres, no me
importa.
Sólo puedes hacer y ser lo que yo quiero.
Escucho y veo a Dios en cada cosa, pero no le com-
prendo.
Ni entiendo que haya nada en el mundo que supere a mi
yo.
¿Por qué he de desear ver a Dios mejor de lo que ahora
lo veo?
Veo algo de Dios cada una de las horas del día y cada minuto
que contiene esas horas.
En el rostro de hombres y mujeres, en mi rostro que re-
fleja el espejo, veo a Dios.
Encuentro cartas de Dios por las calles, todas ellas fir-
madas con su nombre.
Mírame frente a frente, mientras siento el olor de la tar-
de.
(Háblame con franqueza, no te oyen y sólo estaré con-
tigo unos momentos)
¿Que yo me contradigo?
Pues sí me contradigo. Y ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes)
Me dirijo a quienes tengo cerca y aguardo en el umbral
¿Quién desea venirse a caminar conmigo?
¿O vais a hablar depués que me haya ido, cuando ya sea
muy tarde para todo?
Si quieres reencontrarme, mira bien en las suelas de tus
botas.
Apenas sabrás quién soy o qué quiero decirte.
No desesperes sino me encuentras pronto,
De no estar junto a ti, mira más lejos,
Que yo en alguna parte te estaré esperando...
Otro pequeño sitio en mi santuario personal a este poeta que cantó a la vida en sí misma, al hombre que se confunde con la tierra, hasta con un ser ínfimo para ser todo unidad y encontrar así la eternidad. Un canto a la alegría y a la esperanza. A la contradicción del alma humana, rescatando lo mejor: lo que nos une a la tierra y al cielo. Un amor universal (¿utópico?). Es difícil creer en una tierra como la que imaginaba John Lennon, donde el odio y el rencor nos carcomen, Whitman quizá supo ver su imposibilidad es por ello que intimó tanto con el alma y su propio cuerpo, lugares donde cada uno puede crear de su vida un paraíso o por el contrario llevarla al mismo infierno.
.






